¿Qué me pasa?
Esta es una de las preguntas más frecuentes con las que me encuentro en mi día a día en la consulta cuando trabajo con personas que se etiquetan a sí mismas como “despistadas”, “olvidadizas”, “impuntuales”, “impulsivas”… o, los más autocríticos: “un auténtico desastre”.
Esta forma de verte, de hablarte y de definirte forma parte de un largo aprendizaje, de una historia vital marcada por las reprimendas de padres y profesores, por no cumplir con las tareas asignadas, no recordar cosas importantes (incluso aunque te las hayan dicho por tercera vez hace 5 minutos), ser incapaces de gestionar y de planificar el tiempo o perder objetos continuamente.
También es frecuente que sientas que tu capacidad de concentración es mínima cuando se trata de aquello que no te despierta un gran interés o curiosidad; que las conversaciones ajenas te resulten difíciles de seguir y te distraigas con cualquier estímulo que se cruce en su camino, o simplemente con tus propios pensamientos, que saltan sin parar de un tema a otro. A todo esto, se le suman las dificultades para tomar decisiones (incluso las más banales), la procrastinación en su grado más alto, la escasa regulación emocional y los repentinos cambios de humor. La vida diaria se convierte en un auténtico desafío.
Si te sientes identificado con estas líneas, es posible que lo que te ocurre tenga que ver con el TDAH (por sus siglas, Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, aunque esta última no siempre está presente). No eres un desastre, no eres “más tonto” que los demás, no hay nada malo en ti. Simplemente, tu cerebro funciona de una manera diferente, particularmente en torno a la corteza prefrontal. Además, otras estructuras, como la amígdala, el cerebelo o el hipocampo, también parecen estar afectadas.
Pero de lo que se trata aquí no es de buscar una explicación científica o anatómica, sino de focalizarnos en las fortalezas y en las soluciones funcionales para las personas que sufren estos síntomas. Porque las hay, aunque no las veas, o aunque no te hayan enseñado a verlas porque estaban ocupados señalando tus peores defectos. Las hay, y no es tarde para descubrirlas, valorarlas y ponerlas en práctica.
Es posible que tu cabeza “vaya más rápido” que la de los demás, con un pensamiento divergente y creativo que puede ser un verdadero tesoro lleno de diamantes por pulir.
Por otro lado, quizás tengas un superpoder que no conocías: el hiperfoco. Esta capacidad de concentración extrema que te lleva a absorber aquello que te gusta como si por un momento fuese lo único que existe en el mundo. Puede ayudarte a ser brillante en aquello que te propones.
Y, entre mis favoritas, la personalidad resiliente. Lo que coloquialmente llamamos “ser cabezón/a”, en el mejor de los sentidos. Levantarte una y otra vez tras los errores, las críticas y los tropiezos. Esforzarte, muchas veces, por encima de la media. Insistir, persistir y no desistir.
Estos son solo algunos ejemplos que pueden ayudarte a entenderte mejor y a poner en perspectiva lo que te ocurre, lo que eres y lo que podrías llegar a ser.
…¿Hablamos?